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Parafraseando a Antonio Machado

Mi infancia son recuerdos de mercromina en las rodillas y una pelota en el bolsillo. Sonidos de golondrinas en las ventanas y luz en días interminables. Prisas para recoger la merienda y seguir jugando con los amigos que sombreaban las calles entre carreras, gritos y atropellos.

Era verano, con unas vacaciones interminables, sin televisión y sin tiempo para aburrirnos.

Las peleas grecorromanas en el prado combinaban perfectamente con la búsqueda de grillos y su técnica de adiestramiento. El inflar ranas en el río, así como la recogida de renacuajos formaba parte de una prematura afición, mezcla de recolector y ganadero, que ocupaba gratamente las calurosas jornadas.

Algunos años, el circo se acercaba hasta nuestro pueblo y lo llenaba de novedad, nerviosismo y olores desconocidos, aderezados por el rugido alarmante de alguna fiera.

No por ser partícipe de cierta rutina perdía interés la llamada que el alguacil, con su trompetilla y sus volanderas, realizaba a los habitantes del municipio para que se acercasen al espectáculo del Jai Alai.

Sufriendo las consecuencias de una huelga brutal en tierras lejanas, se encontraban en nuestros lugares los mejores jugadores que jamás se dieron en la historia de esta modalidad, que a fuerza de competir entre ellos en largos partidos, habían llegado a la excelencia en su profesión.

Nosotros con nuestros pelos repeinados y con los deberes de con la iglesia cumplidos, hacíamos cola en la entrada de la universidad de la pelota, esperando las bondades del portero que a veces no llegaban, obligándonos a pecar saltando los muros traseros del recinto, entrando en una especie de gallinero, donde el olor a puro habano, las luces artificiales y los gritos de los corredores de apuestas nos abrían la mente a lo que el espectáculo ofrecía.

Mientras nos arrancábamos alguna costra de las rodillas, admirábamos la plasticidad y elegancia de los jugadores. Valorábamos quien destacaba en cada aspecto del juego y cómo aplicaba cada uno los recursos que al parecer Dios le había otorgado.

Pese a nuestra corta edad éramos unos auténticos analistas deportivos, ya que nosotros, como los maletillas en el toreo, respirábamos el mismo aire que los maestros y dedicábamos gran parte de nuestro tiempo de ocio a entrenar, aunque ese término no estuviese en nuestro vocabulario y lo sustituyésemos por jugar al frontón.

Jugar al frontón siempre ocupaba un espacio privilegiado entre las mil opciones de juego de las que disponíamos en nuestro archivo, sobre todo en los días más grises y fríos.

Se podía jugar solo. Golpeando suavemente la pelota, marcando posturas o mejorando algún aspecto que nuestros adversarios nos hubieran destacado en alguna de las múltiples confrontaciones.

Se podía jugar en equipo. En cuanto aparecía algún amigo, sin estruendos, con una leve sonrisa que resumía lo acontecido el día anterior. Se invita con un lanzamiento a participar del juego, simplemente peloteando, sin marcador al que completarle una cifra.

Lanzarle a tu compañero de juego la pelota a la mano a modo de calentamiento y aderezarlo con el envío de la pelota a un punto de la cancha, con la velocidad suficiente para que su habilidad se vea comprometida, consiguiendo así la mejora de las habilidades propias en cuanto a control del lanzamiento, en armonía con la superación que podía demostrar tu compañero al llegar y devolver la pelota, muchas veces con la intención implícita de cambiar los papeles, ubicando al dominante en dominado.

Una parte esencial de este ejercicio era la lectura del cuerpo, o mejor dicho de su posicionamiento estructural, justo antes de que una explosión de energía o quizás un amago hiciese impacto en la pelota, ya que en esta lectura reside la capacidad de anticipación a la jugada y diferencia entre los simplemente atletas y los artistas.

Como en todo, los que mejor leían al contrincante disponían de una ventaja esencial, que combinada con una facilidad innata para el juego los hacía invencibles, pudiendo parecer que formaran parte de algo ajeno y no natural, algo que en las antiguas civilizaciones, y por lo que se ve hoy en día en algunos deportes no tan antiguos, los elevaba al rango de ídolos o semidioses.

Cuando podía parecer que más de dos son multitud. Las posibilidades de juego aumentaban y comenzaban a desarrollarse otras habilidades como la valoración de capacidades de juego de cada individuo, las dotes organizativas tanto en la elección de la modalidad de juego como en la formación de los equipos, o la ubicación en la cancha más acorde a las habilidades de cada miembro del equipo. Siempre primando el equilibrio entre los conjuntos que se formasen.

Todo esto nos llevaba a un rápido análisis de la propia estrategia de juego, que implicaba una rápida definición de los puntos fuertes y débiles de los adversarios, así como los de tus compañeros y los tuyos propios. Yo cubro el ‘ancho’, tú la ’chula’,

‘Tachu’ en medio, ‘saco’ yo. La adrenalina se encargaba de poner las cosas serias y el combate comenzaba. Partidos con rotación cada tanto o cada número pactado.

Partidos que al llegar al número final daban un número de bonus al vencedor a la hora de la revancha. Competiciones que se paraban por desiguales y que obligaban a redefinir los equipos, llegándose a formar equipos con más gente que otros, si con ello se conseguía un equilibrio más ajustado entre los grupos. En fin, todo lo que hiciera falta para poder disfrutar unos retos superados y unas satisfacciones que solo nosotros podíamos sentir. Las normas las poníamos nosotros o si no era más, las adaptábamos en aras de un mejor divertimento.

Las modalidades de juego se iban adaptando a el número de jugadores hasta que, para no pasar mucho tiempo en el banquillo, se llegaba al nivel de todos contra todos ‘Furakas’. En este nivel era donde cada uno tenía que reflexionar cual sería su mejor ubicación dependiendo de la cantidad y calidad de los adversarios y de los posibles piques que pudieran tener entre ellos. Aquí surgían asociaciones no pactadas en las que un pringado podía decidir el curso de los acontecimientos dependiendo de cómo actuase dentro de la partida. El que fallaba salía de la cancha y esta acción se repetía hasta que quedase un vencedor que como premio se acumulaba una vida. Los había que esquivaban la pelota para no tocarla y así reducir sus posibilidades de perderla. Esto podía deberse a alguna inseguridad o algo tan simple como que te venía por algún lado malo, a ti o a algún adversario, y se la dejabas para que fallase.

También estaban los matadores, que la buscaban siempre para poder colocársela a quien ellos preferían eliminar cuanto antes. Estos matadores normalmente disponían de un alto nivel de juego aunque esto no era garantía de victoria, ya que en el tumulto era fácil que algún guerrero de nivel inferior sacase su hacha y eliminase a la figura entre las risas de todos.

De la cantidad de los espacios de juego que se utilizaban como frontones, dentro del municipio, destacaban los pórticos de la iglesia, el lugar ideal para iniciarse siendo un niño. Espacios pequeños que hoy en día nos parecen minúsculos y que a nuestra escala de niños eran ideales para la práctica de la pelota, amén de que reunían secretos que, solo a base de juego y alegría, podíamos desvelar.

Los agujeros, las inclinaciones, las durezas de las piedras de estos pequeños templos de ocio se asomaban a nuestras estrategias de juego como aliados silenciosos que nos hacían ser tan dignos como nuestras estrellas y nos ponían a nuestra corta edad el rango de invencibles en esos espacios. Me gustaría creer que estas vivencias se nos ofrecían a nosotros como seguramente sucedieron con anterioridad a muchos otros niños, que ya de adultos y agotadas sus duras vidas, reposaban en el campo santo que se encontraba al otro lado de la magna edificación.

El eco que producía la pelota al golpear sus sacras paredes, era un indicativo de vida en contraposición al silencio del otro lado. Creo poder aventurar que no molestaba en demasía la algarabía que a veces se originaba entre la chiquillada. Aunque el celo por el respeto a los difuntos acarreaba más de una colleja que no hacía más que aumentar el interés por nuestros benditos pórticos.